Hay tres áreas que debemos balancear para tener éxito en la vida: la salud, el dinero y las relaciones interpersonales. La primera se logra desde la prevención con buenos hábitos y se mantiene en la medida que la medicina evolucione. La segunda, sin duda, nos permite cubrir nuestras necesidades básicas y la autorrealización dependiendo de lo que elijamos. La tercera, es la más difícil, porque no solo depende de nosotros, sino también de las personas con quienes nos relacionamos. Y de esta última me quiero referir en este post, específicamente las relaciones de pareja, en este mes del amor.
Las relaciones de pareja pasan por tres etapas: la del enamoramiento, donde hay idealización, química cerebral (dopamina, oxitocina, serotonina) y proyección de expectativas; la etapa de la desidealización, que se da cuando aparecen diferencias reales, choques de valores, hábitos y heridas, aparece la frustración como parte del proceso, y la crisis como una oportunidad de madurar; para finalmente llegar a la aceptación consciente, donde se ama al otro tal cual es no como quiero que sea, hay compatibilidad, voluntad de construcción y límites sanos.
La mayoría de relaciones se rompen en la etapa de las desidealización porque las personas no saben manejar lo que va apareciendo, por ejemplo, la decepción mal gestionada donde la persona no piensa como yo, no ama como yo, no reacciona como lo imaginé. También por la falta de madurez emocional, que se visualiza con el “no eras quien creí, “cambiaste”, y el muy famoso “ya no es lo mismo”; pero siempre ha sido lo mismo, solo que no aceptas la transición.
La lucha de poder, suele aparecer también en la segunda etapa, como la necesidad de ganar discusiones, invalidar emociones del otro y los castigos silenciosos. La incapacidad de regular emociones, como explotar, cerrarse completamente, hacer silencios prolongados, rompen la conexión de pareja. Al mismo tiempo, pueden revelarse diferencias respecto a las finanzas, familia, sexo, proyectos de vida, espiritualidad y roles, que si no se hablan claramente y se llega a acuerdos, hacen que la frustración crezca en silencio. Y por último, no asumir la propia sombra, como el miedo al abandono, celos, necesidad excesiva de validación, evitación de conflictos y dependencia emocional; hacen que se culpe a la relación, cuando en realidad es un tema de no trabajar en sí mismo.
El error más grande en esa etapa es confundir desidealización con “se acabó el amor”, cuando realmente lo que se acabó fue la fantasía. Las conversaciones incómodas pero honestas, la aceptación de diferencias, humildad, el autoconocimiento, decidir amar incluso cuando la otra persona no es perfecta, es lo que logra salvar la relación.
La segunda etapa no destruye relaciones, la inmadurez que aparece en ella sí, el enamoramiento une, la aceptación consciente sostiene y hace relaciones perdurables en el tiempo.
Las relaciones que se mantienen en el tiempo ya no aman la idea de la persona, aman a la persona real, conocen sus defectos, atravesaron conflictos, saben lo que les gusta y no; hay decisión de quedarse, no por miedo, ni por dependencia, ni por costumbre, sino porque hay elección de construir. La pasión deja de ser explosiva y se vuelve profunda, la comunicación es honesta, los conflictos no se buscan ganar sino entender, la relación se convierte en un equipo de dos personas diferentes sacando provecho de las fortalezas de cada uno.
Para llegar a una relación consciente se necesita inteligencia emocional, empatía real, comunicación asertiva, flexibilidad y coherencia. Es el punto donde el amor deja de ser impulso y se convierte en compromiso. No es amar lo perfecto, es amar lo real, con los ojos abiertos y el corazón decidido.
Las relaciones que duran no viven de mariposas eternas, viven de decisiones repetidas. Se miran y dicen: “te veo completo, con luces y sombras, y aún así quiero caminar contigo.” No se trata de encontrar a alguien sin defectos, se trata de encontrar a alguien con quien los defectos pueden dialogarse, trabajarse y crecer; no hay promesa de cambio, hay promesa de crecimiento juntos. Porque amar también es una habilidad que se aprende.


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